BUSCANDO EL ATLÁNTICO

SAINT-MICHELLE-CHEF-CHEF

Como siempre, hemos pecado de confiados y de dejar las decisiones importantes para el final, para el final último y el calor nos ha pillado de pleno, no podía ser de otra manera. Toca sufrir. También hay que decir que con esto del cambio climático las predicciones meteorológicas son una lotería, no aciertan nunca. Habitualmente usamos 3 apps diferentes y no coinciden nunca. Así que no queda otra que hacer kms, pero vamos a nuestro ritmo tortuguero, paramos a hacer la compra, en la gasolinera y llegando a Limoges, hacemos una parada técnica bajo una sombra redentora en un área de autocaravanas en Berneuil. Es tanto el calor que ni bajo aquella sombra aguantamos, así que después de comer ponemos rumbo norte. Estamos tan acostumbrados a ir despacio que ni nos planteamos llegar el mismo día. No hace mucho estuvimos gozándola a lo grande por la Sevre-Nantaise, al sur de Nantes, una zona slow de viñedos y riachuelos y tenemos en mente varias opciones para dormir, pero el calor, la vagancia que te da el sudar sin parar y las ganas de aventura, hacen que nos decantemos por Mortagne-sur-Sevre y su área municipal, por su ubicación en plena naturaleza, con sombra y cerca de un río. Llegamos sobre las 8 y pico, el sitio nos encanta y a esas horas tan poco europeas, ya está petado. Estamos entre montones de árboles y corre una inesperada brisa muy refrescante. Nos dirigimos al pueblo subiendo una cuesta mundial e interminable pero que nos permite ir viendo el pueblo en lo alto del risco. Es pequeño pero bonito y slow total. Hay lugareños desperdigados en las terrazas colocadas por todos lados buscando la mínima sombra. La gente es simpática y amigable con los desconocidos, qué maravilla. Discutimos si las cervezas son las + baratas que hemos tomado en Francia en los últimos 20 años y por ahí andan. Y además, raro-raro, nos han puesto unos frutos secos. Si es que los destinos slow son todo ventajas.

FROSSAY-CANAL DE LA MARTINIERE

Ha amanecido un poco nublado, no os hacéis idea de la felicidad que nos supone este descubrimiento inesperado. Así que nos ponemos en modo vanderule, y nos tomamos la ruta con calma. Estamos en el lado sur del río Loira y nos vamos hasta el Canal de la Martinière, que hemos visto muchas veces desde la otra orilla pero donde nunca habíamos estado antes. Comprobamos con alegría inmensa que está repleto de spots de naturaleza o bien pegados al río o al propio canal. Nos quedamos en Frossay, (47.268101, -1.94796) un paraíso pegado a la esclusa y que es una delicia, con sombra y unas vistas guapas. Allí somos campeonas del mundo de fútbol, bravo chicas. Por la zona hay locales, domingueros, pescadores, chavales en moto y mucho rollo furgonetero. Nos alucina el sitio y lo anotamos en la lista de lugares increíbles para trabajar. Por la tarde queremos playa y ponernos a remojo y como la zona en la que nos encontramos la conocemos como la palma de la mano, vamos a tiro fijo. Optamos x Saint-Michelle-Chef-Chef que tiene unas playas alucinantes y a donde siempre es una maravilla volver. Como es domingo y los alrededores de la playa estarán a tope, decidimos aparcar en el pueblo en un parquin bastante guapo al lado de la famosa fábrica de galletas St-Michel, una institución en toda Francia. Nos damos un buen paseo hasta la costa entre pinares y chalets. El día está desapacible, hay mucha gente de paseo y en la playa, la marea está alta lo que condiciona drásticamente su tamaño, aquí la oscilación de mareas es gigantesca. Horas después decidimos ir a dormir a cualquier spot de Petit Maroc en Saint-Nazaire, sin duda alguna, una de nuestras ciudades favoritas del mundo mundial.

PETIT MAROC- SAINT-NAZAIRE

El verano y el mucho calor hacen que un Saint-Nazaire desconocido, presente un aspecto alicaído y somnoliento. Tan sólo el Boulevard de Verdum pegado a la playa mantiene la alegría festiva de la ciudad. Muchos locales permanecen cerrados por vacaciones y la temible “canicule” está afectando también a departamentos como este, tan alejados de la zona de alerta roja. Nos vamos a pasar unos días a la sombra a Pontchateau, que tiene un área fantástica y el río Brivet con rutas de senderismo bajo árboles y el centro, a un paso, que tiene todo lo que necesitamos. Montamos el chiringuito, toldo incluido y vemos la vida pasar. Qué pasada de sitio. Las temperaturas se mantienen, no llegan a horno de pan pero si a grill y nosotros decidimos movernos y como estamos cerca del río Loira escapamos del calor hacia alguno de los pequeños pueblos de la ruta del arte, una serie de instalaciones artísticas monumentales a ambos lados de la desembocadura del río. Vamos a Cordemais a visitar la Villa Cheminée, una locura de Tatzu Nishi que es posible alquilar por días y que tiene unas vistas fabulosas de todo el estuario. Y también un parquin para pernoctar justo debajo y como casi nos derretimos en el intento, abortamos misión y nos volvemos a la costa. Las predicciones no son nada halagüeñas y se nos ha encendido el piloto rojo de gallegos abrasados. A grandes males, grandes remedios. Ponemos rumbo hacia la zona de La Rochelle y allí el guionista nos guiña un ojo y nos regala un paraíso slow increíble.

LA VILLE CHEMINEE-CORDEMAIS

La costa que se extiende desde la desembocadura del Loira hacia el sur está repleta de playas y de pueblos muy chulos, pero todos muy turísticos y algunos con poco o ningún cariño hacia nuestro tipo de vehículos. Sería un suicidio y una pérdida de tiempo ponernos a buscar por ahí, así que decidimos explorar la zona de La Rochelle o recurrir a alguno de nuestros spots favoritos. Necesitamos un buen sitio para pasar unos días de relax, montar el chiringuito y pasear hasta la playa para una media de 8 a 10 horas de remojo salino. No podemos + con este calorazo. Vamos dirección La Rochelle por la costa, saltándonos poblaciones vacacionales petadas y parando en calas y playas para después de un rápido chapuzón y hacer un rato la morsa, volver a la carretera. Y en una de estas el guionista en forma de cartel amenazante y oxidado, nos regala una locura de sitio. La carretera se va estrechando y cuando la lógica nos dicta seguir por la carretera general vemos el letrero. En él, se informa del peligro de continuar por esa pista por la posibilidad de inundación debido a crecidas inesperadas y descomunales de un mar que hoy está como un plato. Consultamos el mapa y el p4n y descubrimos que aquello es una mina o + bien una estrecha y alargada lengua de tierra, una península con el Atlántico a un lado y unas marismas al otro. Aparcamos en el último spot justo en la punta, la Pointe de l’Aiguillon, a escasos metros del mar, donde termina la carretera. Es el típico spot que nos encanta y al que volveremos sin duda. Es tranquilo, hermoso y salvaje, perfecto para trabajar o no hacer nada o hacer lo que te pete, no hay nada de todas las cosas que nos gustan que no se pueda hacer en esta espléndida ubicación. Montamos el campamento y nos refrescamos. Y cuando volvemos a ser seres racionales caemos en la cuenta de varias cosas, estamos a las puertas del Marais Poitevin, que es un espacio enorme abandonado por el mar y que se ha ido lentamente rellenando con tierras de aluvión, dando lugar a una zona semipantanosa con multitud de arroyos, ríos y canales. Ya lo conocemos pero sólo la zona + interior y próxima a Niort. Y nos comentan los vecinos de spot que no hace muchos años un invierno hubo una especie de tsunami con varios desaparecidos, de ahí las advertencias. Las playas se suceden una tras otra, es posible recorrerlas por la orilla, las hay para todos los gustos y de todos los tamaños, varias nudistas. Es un espacio protegido y existen unas pasarelas y el personal se comporta bastante bien. Hay mucha flexibilidad a la hora de aparcar y pernoctar, pero sobre todo muy buena onda. En sitios así no nos cuesta nada ser felices. Esa noche después de alucinar con el entorno, haciendo una cata de cervezas artesanales de Cantal que casi habíamos olvidado que teníamos, nos damos cuenta del doble regalo del guionista: aquel paraíso al que volveremos muchas veces y tenemos el próximo destino a pocos kms.

LA POINTE D´AIGUILLON

Disfrutamos como niños del feliz descubrimiento y además tenemos un plan, pero el puto calor no nos deja ejecutarlo así que ponemos rumbo a otro edén que conocemos muy bien y que está a tiro de piedra, donde haremos tiempo hasta que las temperaturas bajen. La Ile d´Oleron nos gusta x varios motivos, es muy bonita, un paraíso para ir en bici, hay pequeños pueblos que aunque turísticos conservan su estilo original, hay muchas excursiones interesantes que hacer, es pequeña y manejable. Aunque también tiene algunos inconvenientes, exceso de furgos y autocaravanas y pocos sitios para pernoctar y un tráfico infernal, todo esto en verano, claro. Como el calor es asfixiante de entre todas las opciones conocidas, elegimos Dolus d´Oleron, al área municipal que cuesta 6€, es inmensa y tiene sombra para aburrir. El pueblo está a un paso y está genial, muy animado a cualquier hora, cualquier día. Hay muchos carriles bici con la posibilidad de ir a las playas de un lado o del otro de la isla en poco tiempo, aquí las distancias son cortas. Así que montamos el campamento y hacemos todo eso, la compra, la sesión vermú, paseito en bici a la playa de Remigeasse y baño infinito, qué playa + guapa, la mejor de la isla con diferencia, paseo y cervecita x la tarde, incluso hay locales abiertos hasta las 12 o 1 am, raro x estas latitudes. Un destino maravilloso que disfrutamos intensamente varios días mientras planificamos, i+d de barra de bar estilo vanderule, nuestro próximo objetivo: el Marais Poitevin, pero esa es otra historia.

PLAGE DE REMIGEASSE